BLOG: Historias de un sillón reclinable – En la comisura
Levantándonos en puntillas o esquivando las cabezas desconocidas, veíamos el paso de las comparsas y los diablos. Veíamos los ponchos, las máscaras, las lenguas afuera y el cansancio que empapaba las sienes y acentuaba el rojo en las mejillas. Sentíamos la vibración de las plantas de los pies aplaudiendo su peso contra el cemento.
La madrugada es un tiempo raro del día. Y más si uno está en otro país. Los postes no iluminan lo suficiente, los grillos confunden y el frío se sobrepasa, y llega a espacios del cuerpo reservados para la luna de miel. Son las 4:25 am y tenemos que escoger un hotel en un pestañeo.
El 75% de pasajeros escuchó “Llegamos a Uyuni” y se subió los cierres de las chompas, se puso los guantes de alpaca y se bajó del tren con las expectativas al hombro. Del otro lado, los ‘agentes de turismo’ de esa ciudad boliviana se acercaban para presentar su resumida oferta en trípticos con un diseño básico. Bastan las fotos de una cama tendida, una bicicleta de gimnasio y una mesa con copas en lugar de vasos, para que el recién llegado sonría y diga Ok, let´s go. De hecho, los ‘agentes’ daban prioridad a los turistas con olor a champú de manzanilla y un español estropeado. Los de países ‘vecinos’ quedábamos para rellenar los últimos cuartos.
Y así fue. En el Hotel Mesías nos asignaron una habitación con litera y baño compartido. Tuvimos que dormir con doble par de medias, pantalón encima de la pijama y bufanda (no es exageración), porque la calefacción era un valor agregado que no era compatible con nuestro bolsillo. Al día siguiente, con los ojos limpios de lagañas y el olor a menta apagándose debajo de la lengua, recorrimos Uyuni en busca de un tour para El Salar. No es que nos dimos de cómodos, sino que allá se llega solamente con la ayuda de un guía y un 4×4 con un ABC sobresaliente.
El no ser rubios- en esta ocasión-, nos ayudó. Eso hizo que nos rebajen el precio del tour y nos den el derecho (¿constitucional?) al regateo.
Luego de salir indignados (con el rabo en alto) de varios locales, encontramos uno por ahí que, a la cansada, nos convenció. No recuerdo exactamente el precio, pero sé que fueron cerca de USD 150, por tres días de tour. Éste incluía el hospedaje y las tres comidas, con un menú que contenía lomo de llama con arroz y un vaso de cola. Nos miramos con mi compañera de viaje en señal aprobatoria y abrimos el canguro que teníamos debajo de la blusa y la camiseta respectivas, para cancelar el precio de la aventura.
Las fotos de ex turistas que habían optado por ‘Viajes Rocío’, y sus mensajes de agradecimiento con marcador permanente, nos hicieron sentir que tomamos la decisión correcta. Teníamos que regresar temprano para preparar la maleta, pero nos quedamos en la calle, entre la gente. Levantándonos en puntillas o esquivando las cabezas desconocidas, veíamos el paso de las comparsas y los diablos. Veíamos los ponchos, las máscaras, las lenguas afuera y el cansancio que empapaba las sienes y acentuaba el rojo en las mejillas. Sentíamos la vibración de las plantas de los pies aplaudiendo su peso contra el cemento.
Nos nació un orgullo en la comisura de los labios.
Ya en el cuarto, los nervios nos rascaban la espalda y aplazaban el sueño. El guía del tour nos pasaría viendo mañana a las 8:30.
Seguirá (para no poner continuará).
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Cozumel
Nota de Redacción: Hace mucho que no sabemos de Dimitri, más de dos meses sin ningún post, y el viaje de tres meses por Latinoamérica que inicio a finales de octubre, se ha convertido en un aparente año sabático de redescubrimiento de nuestro blogger de cabecera. La familia y amigos no para de preguntarnos por su paradero. ¿Se perdió en el desierto de Uyuni?, ¿Realizo otro viaje, pero esta vez psicotrópico?, Lo cierto, es que sin dar razón ni justificaciones envió otra historia de sillón reclinable, la cual lleva por nombre:
Cozumel
Me parece caro. Un cuarto de pollo por USD 5, es realmente un precio alto. Al menos para nuestra economía de mochilero; todo lo que pase de USD 2 está en la categoría de ‘lujo’. Es verdad que en ocho horas no pararemos en ningún lugar, pero igual, USD 5 son USD 5.
El tren es lento. Supongo que la flecha del velocímetro zigzaguea entre los 10 y los 20 kilómetros por hora. Por esa razón nos tomará ocho horas llegar a Uyuni. Estamos equipados y el Señor es nuestro pastor, así que nada nos faltará. Tenemos la funda con hojas de coca, por si acaso el dolor de cabeza aparezca. Tenemos los mp3 cargados, por si acaso el aburrimiento se cole. Trajimos cada uno un libro, por si acaso el insomnio nos estornude en la cara. Tenemos todo el tiempo que queremos, lo que es más importante.
A mi ‘compañera’ de viaje le tocó ir a la ventana. Desarrollamos, al principio del periplo, un sistema democrático para que cada uno disfrute de la vista en los buses, los aviones, los barcos o lo que venga en el camino. Le tocó a ella esta vez. Es cuestión de suerte. Hay ocasiones, como en Uruguay, en que la vista es genial. En ese país, recuerdo, fui a la ventana y me entusiasmé con ese paisaje: vacas, pasto, árboles completos e incompletos. Casas. Gasolineras. Gente a un lado de la vía. Sol regado por todo lado. Campo. Tranquilidad. Carretera. Esa sensación-real- de tener un camino por delante.
En cambio, hay otras veces (como esta) en las que ella vista no es tan destacable: tierra/desierto/ piedras/montañascafés/nubescorona/fondo naranja. Viene un irremediable ataque de nostalgia. Tal vez por eso no valoro esto, o tal vez por la pica de no ir a la ventana. De todos modos, mi amiga duerme y tampoco lo disfruta. El cansancio también está involucrado.
El televisor se enciende y ella se despierta. Tiene las mejillas sonrojadas y una curiosidad básica. Dónde estamos, me consulta. No tengo la menor idea, le respondo, pero ya hemos viajado tres horas y veinte minutos. La pantalla sigue con un fondo azul y la palabra DVD en el centro. Un triángulo aparece en la esquina y las luces del tren se apagan de nuevo. Es el último video de los Kjarkas (acá se pronuncia Karkas). Se titula ‘Cerveza’ y, de hecho, parece un comercial de Pilsener.
Nalgas, senos, lenguas y vasos barrigones motivan los primeros planos de este pegajoso tema. La cuestión es que comparan a una mujer con un cerveza, porque dicen la primera tiene el ‘alma fría’ o algo así. Los gringos que van con nosotros lo miran con atención. Solo observan porque no se quitan los blancos audífonos por nada. De vez en cuando se ríen y luego viran la cara para la ventana (los que tienen ese privilegio).
El ‘Señor de los Pollos’ vuelve a pasar por el angosto pasillo y nos acerca el plato a la cara para ver si así estimula nuestro apetito y activa algún mecanismo para aflojar el codo. Las ganas crecen en forma de saliva bajo la lengua, pero ni así. Tenemos todavía un poco de galletas y una funda con dos manzanas. Compartimos eso y un poco de la vida de cada uno. Ya hemos hablado de amor, del divertido ‘a quién si darías y a quién no’, del futuro, de los papás. Del tiempo.
Distinguimos cuando la conversación se desinfla y, de a poco, nos ponemos cada uno los respectivos audífonos para charlar en privado, con nuestra voz en off. Sabemos que vamos a llegar de madrugada y por eso intentamos dormir. Pero el video de la cerveza se repite y por ahí uno se pone pensativo y no logra cerrar los ojos.
Ya es de noche. Me acuerdo que unos días atrás buscamos fotos del Salar en Uyuni en Google y ya sabemos lo que nos espera. Me adelanto a los hechos. Me imagino que nos vamos a tomar cantidad de fotos. Que nos vamos a sentar sobre ese desierto de sal y nos pondremos filosóficos, melancólicos. Felices.
Mi ‘compañera de viaje’ cabecea y se golpea contra el vidrio. Me aguanto la risa. Ella vuelve a intentar dormir como si nada. El olor del pollo vuelve a dispersare por el pasillo. Y yo.
Yo repito la canción en mi mp3: Cozumel, de Cerati.
Dos galones más de gasolina por delante.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Kolynos
“Bolivia es tan colorida como la paleta de un pintor. Aunque a ratos se torna gris por la cantidad de viento y polvo que hay. Harto. Mucho polvo. Tanto como en una cancha barrial. De ahí los ojos rojos. De ahí las manos y los labios secos de la gente. De ahí la palidez de las plantas que se tambalean medio borrachas por los orines de propios y extranjeros”.
Cruzamos la frontera entre Argentina y Bolivia a pie. Cargar la ‘mochila de mochilero’ ya es rutinario; nuestros hombros están acostumbrados al peso de la ropa sucia y los pocos regalos que llevamos a la casa. Desde San Salvador de Jujuy (Argentina) cogimos un bus hasta Villazón (Bolivia). Allí atravesamos el arquetípico puente que por un lado tiene el ‘Hasta pronto, esperamos tenerlo de regreso’, y por otro dice ‘Bienvenido a…’
Bienvenido al control migratorio, en pocas. La sensación es la misma: estamos conscientes de que la foto del pasaporte dista mucho de nuestro aspecto actual, al menos en mi caso (tengo el cabello largo, barba mal podada y un par de lentes sucios con huellas dactilares). Por eso me sudan las manos cuando los gendarmes miran la foto y me miran directamente, miran la foto y me miran directamente, miran la foto y… Es como si jugaran al ‘Encuentre las siete diferencias’.
El aparato nervioso deja de hacer puño cuando el verde uniformado balbucea el esperado ‘Siguiente, por favor’.
Es que a pesar de todo, se nos nota lo turistas. Tenemos un cangurito debajo de la ropa con los documentos importantes. Miramos a todo lado, maravillados, buscando el lugar más exótico para la Facebookiana foto. Pero por eso mismo nos da miedo preguntar cuánto nos cobrara un taxi hasta la estación de tren. Seguro nos cobran como a gringo. Sea como sea, Bolivia está barata: un dólar son siete bolivianos y un paquete de galletas glaseadas cuesta 3 bolivianos y medio. Por ahí ya tenemos una relación de precios.
Lo dicho. Disculpe jefe (como si así se ablandara el conductor y nos bajara el precio) ¿Cuánto nos cobra hasta la Estación de tren? Esssssta lejos amigo. A ver…mmmm… cuatro bolivianos, por lo que llevan maletasss pesssadas. No ha de ser tanto (como si estuviéramos en Quito). Bueno, gracias. Caminos confiados de que a los cuatro pasos nos llamaría de vuelta.
Hay cosas que no cambian en ningún lado.
Ya, dosss y medio bolivianosss.
Ya dijo. Vamos.
Bolivia es tan colorida como la paleta de un pintor. Aunque a ratos se torna gris por la cantidad de viento y polvo que hay. Harto. Mucho polvo. Tanto como en una cancha barrial. De ahí los ojos rojos. De ahí las manos y los labios secos de la gente. De ahí la palidez de las plantas que se tambalean medio borrachas por los orines de propios y extranjeros.
Más verde se encuentra en los uniformes de los militares (parecidísimos al color de la bandera boliviana) y en los dientes de la multitud local. Es que no es un mito eso de que acá se mastica hojas de coca sin miedo. Lo comprobamos en la Estación mientras esperábamos que sea la hora de salida del tren hacia Uyuni. Quisimos comprar una funda, para probarlas en primer lugar, pero también para prevenir que nos coja la Puna. Dicho en castizo: la altura- Uyuni está a 3650 metros de altura sobre el nivel del mar-. Varias personas nos habían advertido que esa era la bienvenida oficial que Bolivia le da a los foráneos: un buen dolor de cabeza y una descomposición estomacal inolvidable.
Como toda mi vida me crié rodeado de carteles odontológicos que decían que ‘más vale prevenir, que lamentar’, salimos de la Estación para comprar una fundita de hojas de coca. Y pagamos la novatada; no había más que una tienda alrededor. Y no las vendía.
Regresamos a la Estación, repitiendo cual mantra que ‘todo está en la mente, que no pasa nada’, que a nosotros, quiteños practicantes, no nos coge ninguna altura, ni que ocho cuartos. Afortunadamente, Doña Miriam, sentada a pocos pasos de nosotros, también esperaba el mismo tren y tenía una funda entera de hojas que sacaba periódicamente.
La táctica planeada fue simple. Tú cuida las cosas que yo voy, le hago le conversa y le pido que ‘regale la Navidad’. Perfecto. Vino el infalible: Disculpe, ¿qué hora es? No ssssé decirle, no cargo reloj. Chuta, bueno, gracias. ¿De dónde esss, amigo? De Ecuador (Oh oh oh oh oh oh oh, oh oh oh, oh). Ayyyy, dicen que es lindo por allá. Sí, es bien bonito. ¿Van para Uyuni, al Salar? Sí, allá mismo vamos. Uuyyyyyy, el Ssssalar es lindo. Me he ido para allá cuatro veces ya. ¿Ah, sí? Sí, confirmó Miriam y sacó la funda de hojas para meterse otro puñado a la boca. Bingo.
Tiene que cuidarse de la altura por acá. ¿Ya compró hojitass de coca? No todavía (respuesta con ojitos lagrimosos y el labio inferior levemente caído). Tenga. Abro la mano y veo como las hojitas caen otoñalmente sobre mi palma resquebrajada. Sssi le duele la barriga tiene que tomar agua de piedra. Tenga. Pone esta piedrita (era como de carbón y muy salada) en agua hervida y sse toma de un sssorbo. Muchas gracias Seño, disculpe cómo se llama. Me llamo Miriam. Gracias Seño Miriam.
Hay cosas que no cambian en ningún lado. Como las maternales señoras que le recuerdan a la abuelita de uno.
Toma, dice que hay masticar y dejarle en el cachete hasta que le salga todo el jugo. Te ha dado un montón. Sí, buena nota la señora. Las hojas saben amargo. Por eso hacemos caras y nos reímos el uno del otro. Eso me recuerda la primera vez que, junto con mi hermano, hicimos la fundamental transición de la pasta dental de chicle a la temible Kolynos de menta. Pusimos casi las mismas caras.
Síntomas de que empiezo a extrañar a los míos. En poco tiempo sale el tren. En ocho horas estaremos en Uyuni.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – As, dos, tres
“Llegamos. No hay más que un agringado ‘Wow’ para describir lo que se siente al ver tanta blancura. Las reacciones también se acompañan de preguntas obvias al compañero de viaje; entonces se le dice ¡Qué hermoso!, ¿si ves? Claro que lo hace. Y de nuevo las comparaciones: Baños es así, pero un poquito más pequeño. No, cómo vas a decir. De ley, a mí me parece. Reflexiones de un nacionalismo tardío.”
El promedio de vida de una mariposa es de cuatro días. Ese mismo tiempo nos toma conocer, parcialmente, cada ciudad. Parece que jugamos a la Rayuela. En apenas dos semanas hemos pasado de Buenos Aires a Bolivia. En primer lugar, la piedra cayó en Puerto Iguazú. Para visualizar mejor el ‘centro’ de este sitio, imagine un clima de Costa, reggae que suena desde tiendas artesanales, gringos/europeos con las caras quemadas, y el canto de los grillos por la noche. Uno tiende a comparar cada sitio que conoce con algo de su país, así que, según yo, Iguazú es bastante parecido a Montañita, o al revés.
A cuarenta minutos de este ‘centro’ están las cataratas. Allá se llega en bus. Bueno, en buseta. Ahí fuimos acompañados de la misma ‘fauna viajera’ que tiene cámara en mano, bloqueador mal disperso en la nariz y pantalones caquis con múltiples bolsillos. El ambiente del recorrido era el de una excursión escolar. Todos ansiábamos conocer las grandes caídas de agua. Y vaya que en el Parque Nacional donde se encuentran saben manejar bien la expectativa. Para llegar a la gran Garganta del Diablo – la atracción central, por así decirlo- hay que caminar quince minutos por un puente que permite ver una planicie de agua donde ingenuamente se cree que aparecerá un cocodrilo que no le tema al flash de una Canon de 7 mega píxeles.
Llegamos. No hay más que un agringado ‘Wow’ para describir lo que se siente al ver tanta blancura. Las reacciones también se acompañan de preguntas obvias al compañero de viaje; entonces se le dice ¡Qué hermoso!, ¿si ves? Claro que lo hace. Y de nuevo las comparaciones: Baños es así, pero un poquito más pequeño. No, cómo vas a decir. De ley, a mí me parece. Reflexiones de un nacionalismo tardío. Pausa: posar para la foto/ repetir la foto porque la cara se ‘ve rara’ y no es igual a la del espejo.
Listo ¿Será de hacerle a la aventura? De una, vamos. La escena es así: risitas al colocarse los chalecos salvavidas, ’remangarse’ el pantalón y rezar en voz baja para que el de alado no se dé cuenta. Luego, subida a un bote ’tembleque’ y saludos a la cámara que registra las caras de miedo que luego serán ’quemadas’ en un DVD de quince minutos y USD 100 que entregan a la salida (Ni cag….). Fuimos cerquita de la caída de agua y mientras más nos ’estilamos’ más nos reímos y más nos convencimos de que valió la pena.
Después la piedrita cayó en Asunción (Paraguay). Ecuación igual a: más calor, menos ropa. Menos cosas que ver, también. Este es una capital que no parece capital. Es que mi idea de una capital ‘moderna’ se reduce a un Mc Donald´s en cada esquina, muchos cajeros y restaurantes que exhiban la carta afuera. Hubo poco de eso. Sin embargo, para nomás de decir ‘Yo estuve ahí’, fue suficiente un día y medio.
Enseguida, la piedrita rodó hasta San Salvador de Jujuy. La cara de Argentina que los porteños de seguro niegan. Harto boliviano, pollo al horno, casetas hechas de discos piratas, algodón de azúcar y hasta humitas en el menú. Jujuy también fue platos más baratos y la recuperación, en algo, de las libras perdidas. Bonito, ¿no? Sí, bacán, se parece a Ibarra o algo así. Simón.
En Jujuy también incorporamos un nuevo juego: el cuarenta. Caímos en cuenta, días atrás, que para pasar el tiempo hacían falta unas cartas. Fue difícil conseguirlas porque resulta que allí se las conoce con otro nombre que hasta ahora no recordamos. En fin, con el naipe en mano, las noches se van más rápido, tanto como al contar As, dos, tres, cuatro…
En J, Q, K ya estamos en Bolivia.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Hojas Secas
“Y si el precio no le convence, qué tal el anuncio de que, por cinco pesos más, puede obtener un ”bucal sin bombita hasta el final“.
No es exagerado afirmar que en Buenos Aires hace el mismo frío que uno siente cuando mete medio cuerpo en la refrigeradora para alcanzar el ‘tupperware’ con la comida de ayer. Pero lo que si parece exagerado es la cantidad de alcohol en gel que está disponible en cada estación de bus, baño, hotel y hasta en la recepción del museo de Evita. Argentina está con los nervios crispados por la gripe A. Y es entendible: hasta mediados de julio de 2009 ya habían 147 muertos. Tanta es la ‘psicosis preventiva’, que el Ministerio de Salud recomendó que se “eviten” los saludos con beso entre hombres. En los cines, por ejemplo, hay un anuncio que sugiere a los asistentes “ubicarse a una distancia considerable de los otros”. Con todas estas medidas, es fácil suponer cuáles son las reacciones que se producen cuando un visitante, que no está acostumbrado a semejante invierno, estornuda.
Sin embargo, las medidas de prevención se adoptan solo en horarios de oficina. Los fines de semana, especialmente los domingos, éstas no importan. Sobre todo al bailar tango. En ese instante nadie se complica al planchar un cachete junto al de otro y respirar su nostalgia. Eso me dice Marta Urdani, una mujer de 65 años que en vez de ir a dejar limosna en una capucha vino, prefiere vestir de negro y aceptar las invitaciones a bailar. En esta improvisada pista de baile, ubicada en el barrio San Telmo, se observa bailar a ‘viejos porteños’ junto con quinceañeras que todavía no dominan el arte. Marta comenta que cuando estas parejas se juntan, se danza entre cuatro: ”el viejo cierra los ojos y baila con su pasado y las chicas se dejan llevar por los brazos de su presente”. Mientras tanto, el turista baila toda la pista con los ojos, intentando encontrar un ritmo para seguir.
Esta es una de las atracciones que cualquier catálogo de turismo mencionaría. Pero, en Buenos Aires también hay mucho cine mudo. Uno lo ve cuando pasa por la avenida Corrientes y observa tras las grandes ventanas de las cafeterías. Desde fuera solo se observan las risotadas, los psicoanálisis gratuitos, las levantadas de voz, los silencios que aparecen hasta que el azúcar se disuelva completo. Y qué decir del brillo de las avenidas. El neón que rebota de las carteleras de teatro y los anuncios publicitarios cambia el color de las personas momentáneamente. En media cuadra se puede pasar de un verde ‘alien’ a un púrpura GLBT.
Como en toda gran ciudad, la ‘fauna’ de Buenos Aires se divide en oficinistas de abrigo y café en mano, rockeros ’encapuchados’, travestis que casi pasan la prueba, niños en coches de paseo y una nueva especie: el paseador de perros. Es tal la cantidad de canes que caminan por la calles de Buenos. Aires que hay que caminar prevenido para esquivar las ’minas’ frescas y secas que dejan los cuadrúpedos.
Pero cuando se trata de Minas propiamente dichas, la ciudad tiene una oferta aún mayor. Es fácil encontrar hojas volantes ’marketeramente’ bien colocadas en las cabinas de teléfono públicas y las paradas de bus, ofertando la compañía de ‘Karla’ o ‘Andrea’ por 30 pesos (USD 7.89). Y si el precio no le convence, qué tal el anuncio de que, por cinco pesos más, puede obtener un ”bucal sin bombita hasta el final”.
Hay tanto QUÉ hacer y POR hacer en Buenos Aires que falta tiempo. Acá se necesita traer chompas abrigadas y zapatos bajos, pues es difícil controlar el impulso de aplastar las hojas secas que cubren las calles.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Helado con cucharita
Enero 3, 2010 por Plan Arteria
Blog
“Según parece, acá todo el mundo cata vino. Al caminar por las avenidas, los miércoles que pasa el camión de la basura, es común encontrarse cabezas de botellas de vino que sobresalen de las fundas negras. Comprensible; una botella de 3/4 de vino tinto cuesta USD 10”.
Nuestro paso por Buenos Aires fue sólo por un motivo de escala. Hay que decirlo: no nos íbamos a mandar todo el viaje en bus. Por eso, aprovechamos una oferta aérea que nos daba un gran empujón desde Lima hasta Córdoba por USD 300, una funda de maní, una mandada de mano de la policía aeroportuaria y dos horas volando sobre la cabeza de una cuarta parte del mundo, si no es muchísimo menos. Desde Buenos Aires regresaremos hasta Quito en bus, eso está decidido. Por lo pronto nos quedaremos un par de días en Córdoba para después bajar a Buenos Aires y hacer lo que testarudamente se explicó en un par de líneas atrás.
Corte comercial
Córdoba destapó al menos dos contradicciones. Al fondo de mi ‘mochila de mano’ encontré una caja con 50 sobres de Sal Andrews que compramos antes de dejar Quito. Según parece, eso va a ser lo único que regrese tal como salió porque lo que menos vamos a tener en este paseo es llenura. Simplemente, el presupuesto no nos da.
La segunda contradicción se llama David, un cordobés de 26 años que es vegetariano. Esto le trae constantes reclamos de sus tíos y abuelos, pues todos los domingos se prepara un asado en familia. Mientras todos comen una vaca hecha rompecabezas, el toma mate y lee los cómics del periódico.
Lo mismo hace la mayoría de jóvenes universitarios que se reúnen en el Paseo del Buen Pastor, un malecón con coloridas piletas que bailan al son que se les toque. No es raro mirar las bancas de este lugar ocupadas de a dos o de a cuatro. Todos ‘pibes’ con su jarrito de mate y un tema de conversación que se pueda alargar hasta cuatro horas.
Es que en Córdoba, los únicos viejos parecen ser los perros. No ladran, no mueven la cola. Sólo duermen donde bien puedan. A veces a un costado de las piletas que, a falta de peces, tienen palos de chupete y fundas de papas fritas flotando.
Los ‘viejos viejos’ de Córdoba están en las plazas, ni siquiera dentro de las iglesias como se supondría. Están vestidos con shorts, camisas caquis y el pañuelo distintivo de los scouts. Entonces, si ven a alguien que le da vueltas al mapa de la ciudad y mira a todo lado achinando los ojos, se acercan, le plantan un beso en la mejilla y le ofrecen su ayuda. Así conocimos a Antonio Bertoti, un adulto mayor que, aparte de ser guía de turismo, es el fundador de un grupo de no videntes que catan vino.
Según parece, acá todo el mundo cata vino. Al caminar por las avenidas, los miércoles que pasa el camión de la basura, es común encontrarse cabezas de botellas de vino que sobresalen de las fundas negras. Comprensible; una botella de 3/4 de vino tinto cuesta USD 10. Pese a tan buena oferta, nosotros preferimos calentarnos con tecitos de manzana, menta y la infaltable manzanilla.
Córdoba, en sí, es la ciudad de universitarios internos y extranjeros. Por ello, su oferta de actividades se resume en malls, helados con cucharita, cafés-discoteca y pizzerías. Aunque Córdoba también es museos, iglesias, árboles sin hojas y tres fotos posadas en la memoria de la cámara.
Ahora estamos a cuatro películas (de 2h) de Buenos Aires.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Cita a ciegas
“Silencio largo durante dos semáforos. Primera lección: conocer un poco de economía básica antes de ‘atacar’ a la economía interna de un país, en especial de Argentina”.
Jorge Renza no es homofóbico. Lo descubrió cuando vio los partidos del primer campeonato gay de fútbol que se jugó hace un año en el Parque Sarmiento, en Buenos Aires. Nunca se sentó en los graderíos a ver los cotejos. Sólo los miraba a través los rombos de la alambrada. Es que le daba miedo que lo hicieran parte de los festejos. Cuando uno de los equipos metía un gol, todos celebraban en trencito y bueno, vos sabés che… mejor de lejitos, ¿no? Aunque hay que respetar los gustos de cada quien.
Las manos de Jorge parecen dos mapas llenos de islotes pardos que se han ido formando con el paso de la edad. Van quietas sobre el volante. Las carreteras son rectas y no hay que cambiar de marcha durante un buen trayecto. El contorno arrugado de sus ojos celestes ocupa casi todo el retrovisor por donde nos ve cada que le preguntamos algo. Nos pone más atención que a la misma carretera. En especial cuando le consultamos si por acá en Argentina las cosas están caras.
Antes de responder levanta un poco la cara y el retrovisor permite ver sus fosas nasales que son como el césped sin podar de una casa abandonada. Y, qué te digo, vos no podés decir acá es caro si todavía no te bajás del auto… Pero es que el taxi nos va a salir como USD 40 y nos parece caro. ¿Vos si tomás en cuenta la distancia que hemos hecho? Además, mirá que pagamos un peaje al salir del aeropuerto y la gasolina, es un platal. Fuera de eso, lo que me costó arreglar la calefacción para andar en este frío, entonces, hay que ver todo lo que interviene…No es caro acá.
Silencio largo durante dos semáforos. Primera lección: conocer un poco de economía básica antes de ‘atacar’ a la economía interna de un país, en especial de Argentina.
Luego de un rato, Jorge decide romper la ley del hielo. Mirá, mirá, nos dice mientras señala El Cementerio de La Recoleta, que, según él, es el tercero más importante de América Latina. Pero no es un campo santo, aclara. Allí están enterrados mártires que estaban en contra de la iglesia y todo, che.
A partir de ahí, en adelante, Jorge encontraba en cada afiche, iglesia, parque, esquina o lo que sea, un dato estadístico que contar. Sin presionar nada, activamos lo que tranquilamente sería una grabación para colocar por altoparlantes en un bus que haga citytour. Jorge decía: A la derecha, ahí, ¿ven esa casa?, pues ahí vivió Maradona…Tenía ganas de hacer preguntas al respecto, pero temí sonar estúpido.
Fueron tantos datos que llegamos a pensar que se los inventaba. Tenés que ir a un Teatro, cualquiera que sea, no sabés que en Buenos Aires hay cerca 190 salas, más que en París y Londres, incluso… no sabés, si acá es otra cosa…
En serio, me imagino, jiji, jaja, jeje; esas eran nuestras únicas respuestas o mirar por la ventana como toda persona que llega por primera vez a algún lugar. Sabés, acá no estamos tan bien como se cree. Es por culpa de la deuda externa. Eso como una mochila pesada que llevan los países de Latinoamérica. Así como las que llevan Uds. Por suerte, nosotros las cargamos de vez en cuando, en ciertos intervalos y con un peso que cada uno mismo puso al salir de la casa, así que no hay queja.
Buenos Aires fue un Enter, un espacio, una escala para ir a Córdoba; una agradable cita a ciegas con Jorge.
Regresaremos en pocos días.
BLOG: Historias de un sillón reclinable – Chifa Keiko
“Lima, en realidad, sería un paraíso para un apostador compulsivo que sea adicto al wantán, pues hay más casinos y chifas que árboles”.
En Lima tuve mi primera rasurada a ciegas. Parado bajo el chorro de la ducha, me puse la espuma de afeitar y entrecerré los ojos. Despacito, con miedo a ver sangre chorreando en cualquier momento, empecé a rasurarme. Con cuidado, haciendo bien las respectivas muecas, estirando la cara para no cortarme en las comisuras de los labios. Ése fue el precio del ahorro.
Por USD 3, 50 la noche no podíamos exigir un baño con espejo, una ducha con cortina y un cuarto con paredes anti ruidos. Ni modo, a aguantarse las risotadas, los pedidos de condones a la media noche y el eco de un televisor al fondo del pasillo. Nada es tan grave luego de un cuarto de hora que demora en llegar el sueño y fundirlo todo a negro.
Al menos hubo agua caliente y un televisor con cable, cuando la señal así lo permitía. También nos dieron una toalla; lo más cerca que estuvo de nuestro cuerpo fueron los pies. Es que la utilizamos para secar el piso del baño y tener donde pararnos al salir de la ducha.
En Lima, el cabello mojado se seca rápido. Esta ciudad enfría rápidamente la nariz, las orejas y las manos. Pero, a veces, entre tanta gente que camina/empuja/corre por las avenidas, el frío tiene que tomar atajos para llegar hasta la espalda.
Para llegar al Centro, en cambio, basta un mapa, una pregunta a un lugareño y unos buenos lentes. Los nombres de la calles son tan pequeños, que hay que darse el tiempo para confirmar si esa es la misma dirección que se está buscando.
En este Centro no hay mayor sorpresa. Está el palacio presidencial, las catedrales franciscanas, los cafés para intelectuales y oficinistas, y los turistas a la espera de que pase la gente para que nadie se les cruce en la foto. También tiene, como en Quito, estudios fotográficos con revelado en 30 minutos, que exponen en una vitrina exterior una breve muestra de los rostros más sonrientes y fotogénicos que han pasado por allí. Además, cerca de allí están los cines XXX. Alcancé a contar cuatro, pero no entré a ninguno (valga el puritanismo).
Pero Lima, en realidad, sería un paraíso para un apostador compulsivo que sea adicto al wantán, pues hay más casinos y chifas que árboles. En especial en el famoso barrio chino, donde la gente le hace bomba al Maestro Zen Lao, quien con sus ojos horizontales y sus gatos dorados predice el futuro cuando se le compra una caja de inciensos.
Esta ciudad es como una mujer vacilable, para un ratito, para conocerla (casi a fondo) en cuatro días, no más. Es un punto turístico en el que no hemos invertido más de 40 fotos y 120 soles (como USD 40). Sin embargo, ha sido una parada obligatoria. Ahora, a punto de salir, Lima queda como una expectativa, un signo de interrogación en Negrita, pues según los titulares de los diarios, Keiko Fujimori, (hija del chinito aquel) es la candidata preferida por los peruanos para asumir la presidencia en 2011.
Supongo que si ello llegara a suceder, no me extrañaría encontrar chifas en honor a la presidenta.










